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Usar bolsas de tela para ir al supermercado no es un acto tan ecológico como piensas

 Fabricar uno de esos sacos de algodón que cada vez más personas cuelgan de su hombro también tiene un coste ambiental. En ciertos ámbitos, excede al de la producción de una bolsa de plástico.

Las típicas bolsas de tela en las que las madres de hace unos años no habrían metido más que restos de pan duro hoy cuelgan del hombro, no solo de mujeres y chicas, sino también (y cada vez más) de hombres. Según analistas del sector, las ventas de este accesorio a varones han aumentado un 11% desde el 2014, más del doble de la subida observada entre las féminas.
Más allá de cuestiones puramente estéticas, su popularidad creció impulsada por las restricciones que muchos supermercados comenzaron a imponer a los clientes.
En España, la mayoría cobran unos pocos céntimos por cada bolsa de plástico, mientras que Italia y Francia han prohibido completamente su distribución.
Además de al ahorro, las medidas están encaminadas a desincentivar su uso y evitar los perjuicios que causan al medio ambiente y la salud. Uno solo de estos recipientes tarda más de 50 años en descomponerse.
Optar por una bolsa de tela debería reducir considerablemente la huella de carbono de su dueño. Este podrá reutilizarla todas las veces que haga falta sin tener que adquirir una nueva en cada compra ni recurrir a una del contaminante material.
Sin embargo, no todo vale. Porque estos sacos también tienen su propia huella de carbono, generada desde la obtención de las materias primas que los constituyen hasta su producción, transporte y distribución.
Un estudio realizado recientemente por la Agencia de Medio Ambiente medía sus efectos. El trabajo analizaba el impacto de siete tipos de bolsas diferentes: de papel, algodón, biodegradables fabricadas con polímeros de poliéster y almidón, y otras cuatro clases de polietileno (un compuesto plástico) con diferentes consistencias.
Este último grupo incluía envases muy resistentes, otros fabricados con polietileno de alta densidad (HDPE por sus siglas inglesas) y los más habituales, los de polietileno de baja densidad, comercializados como reutilizables por muchos supermercados.
Los resultados del análisis revelaban que las bolsas finas, más comunes, causan un mayor impacto en el medio ambiente que las compuestas por HDPE.
Los autores decidieron estudiar también el caso de las bolsas de algodón, para lo que midieron su huella ecológica. Tuvieron en cuenta tanto las necesidades de las plantas, hasta los procesos de fabricación y transporte.
En total, manufacturar uno de estos artículos equivale a la emisión de 272 kilogramos de dióxido de carbono a la atmósfera, mientras que la producción de una bolsa HDPE estándar libera algo menos de dos kilogramos del gas.
No obstante, los efectos de los envases de tela superan a los de sus primos plastificados en otras categorías, como la acidificación y la toxicidad de aguas y suelos  provocada por la energía necesaria para producir las fibras de algodón y los fertilizantes aplicados al cultivo.
Fabricar bolsas de tejido requiere, además, el doble de electricidad que obtener las de polietileno y genera más residuos.
La diferencia está en su vida útil. Pero, según los cálculos de los autores del trabajo, utilizar una sola bolsa de plástico tres veces produce la misma huella de carbono que usar una de algodón en 393 ocasiones.
Por supuesto, ir siempre al supermercado con un bolso de tela en el hombro es más sostenible que llevarte una bolsa de plástico distinta cada vez.
No obstante, para asegurarte, elige uno con una producción ambientalmente controlada y procura no cansarte de él.
En cualquier caso, la mejor manera de lidiar con los envases de polietileno, según los británicos, es reutilizarlos todas las veces posibles antes de reciclarlos.
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